Cuando escribí esta nota, lo hice con una inquietud real que observo a diario en organizaciones y equipos de alto rendimiento: el exceso de autoconfianza en líderes técnicamente brillantes, que sin darse cuenta se desconectan emocionalmente del entorno.
En el artículo abordo un error que no se nota a simple vista, pero que tiene consecuencias profundas: el desbalance entre la capacidad de acción y la sensibilidad relacional. No se trata de elegir entre resultados o vínculos, sino de aprender a integrarlos. A veces, la fortaleza mal entendida se convierte en rigidez, y eso debilita.
Mi intención con este texto fue invitar a una pausa. A revisar si el estilo de liderazgo que estamos ejerciendo es realmente efectivo o simplemente funcional. Porque liderar no es solo avanzar, es también acompañar.


